La auxiliar de Grupo M, procedente de los Andes venezolanos, reivindica el valor humano del cuidado de personas mayores en Canarias

Karibay Salcedo llegó a Canarias desde los Andes venezolanos hace diez años. Se formó para dar clases de inglés, estudió Educación en la Universidad de Los Andes y llegó a ejercer como docente, pero la vida la llevó hacia otro lugar. Desde hace cuatro años trabaja como auxiliar en Grupo M Servicios Sociales, donde ha encontrado una forma distinta de enseñar, acompañar y aprender.

Su formación pedagógica no se quedó atrás. Karibay la utiliza cada día para comprender mejor a las personas mayores, respetar sus tiempos, atender sus costumbres y acompañarlas desde la paciencia. Habla del cuidado sin adornos, con la sinceridad de quien conoce el trabajo desde dentro: sus exigencias, sus cansancios, sus vínculos y también su recompensa.

De Venezuela a Canarias

—¿Qué te trajo aquí? ¿Qué hacías antes?

—En Canarias tengo diez años, y en Grupo M, cuatro. Antes estaba trabajando para otra empresa de limpieza, que ya no existe. Bueno, no existe con los servicios que yo estaba haciendo, pero tampoco estaba ahí fija, cubría vacaciones y puestos pequeños. Al ver una oportunidad mejor, más fija, lo dejé y vine para acá. Y desde entonces estoy aquí.

—¿Qué hacías en Venezuela?

—En Venezuela hice muchas cosas, muchísimas, la verdad. Yo estudié Educación, licenciatura en la ULA, en San Cristóbal, para ser profesora de inglés. Intenté varias veces conseguir trabajo por la zona educativa, por el Ministerio, y fue complicado. Entonces hice otras cosas y después sí conseguí un puesto, una plaza en Michelena. Tenía que ir todos los días una hora de carretera para dar clase. Me gustaba dar clase, la verdad, pero tenía mis hijos pequeños y al final lo tuve que dejar. También estuve dando clases de inglés en un instituto universitario.

Karibay Salcedo: vocación en el cuidado de personas mayores
Karibay Salcedo, auxiliar de Grupo M, vinculada al cuidado de personas mayores en Canarias en Grupo M

La educación como herramienta para cuidar

—¿Te ha servido tu formación en Educación para trabajar con personas mayores?

—Sí, parece que no, pero sí. Cuando vine a la entrevista de trabajo, me acuerdo de que Isbel me cayó muy bien. Venezolana, chévere, muy cercana. Me dijo: “¿Tú has trabajado esto?”. Entonces yo le dije que no, que no tenía experiencia. La única experiencia que tenía con mayores fue con mi abuela. La estuve ayudando a cuidar un tiempo, porque estuvo muchos años enferma.

Karibay recuerda aquel inicio como una mezcla de incertidumbre y oportunidad. No conocía aún el oficio de auxiliar, pero sí sabía lo que significaba acompañar a alguien vulnerable.

—Me puse a hacer el curso y todo lo demás, y ella me dijo algo que se me quedó sonando en la cabeza hasta hoy: “Pues mira, a lo mejor te va bien aquí, te gusta y llegas a ser una buena auxiliar, de las mejores que haya”. Yo, un poco incrédula, le dije: “Pues puede ser”. Porque como todo, a lo mejor pruebas y no te gusta. Pero la verdad es que sí. Me quedó sonando y aquí estoy. Y me gusta.

La recompensa humana del cuidado

—¿Qué es lo más satisfactorio?

—Yo creo que muchas veces la verdadera recompensa es sentir que haces algo bueno por las personas. Claro, nadie trabaja gratis, siempre esperas el sueldo al final del mes. Obvio. Pero fíjate, en el colegio privado en el que trabajé llegué a ser directora, y era un renombre ser directora de un colegio, mucha responsabilidad. Y puedes decir: mira, de directora a ser auxiliar. Pero esto, humanamente, te satisface mucho, te llena mucho, te deja mucho, te enseña, te pone la vida en perspectiva.

Para Karibay, el cuidado de personas mayores no desmerece ninguna trayectoria profesional. Al contrario, permite mirar la vida desde otro lugar.

—Te hace ver las cosas de otra manera. Te hace ver la salud, la juventud que has vivido, lo que has vivido y lo que ya no eres de tan joven. A veces pienso que me habría gustado empezar antes en esto, porque ahora ya no estoy tan joven y empiezo a tener problemas de salud que me limitan un poco.

—Eres joven.

—Si tuviera diez años menos, quince años menos, estaría más activa, más contenta y más satisfecha con poder hacer más cosas. Pero ahora mismo voy un poco a remolque, como que te van llevando, porque a veces el cuerpo no responde como tú quisieras. Pero volviendo a la pregunta, sí, me llena, me satisface. Pienso que es un trabajo que no desmerece, que cualquier persona que tenga vocación y humanidad lo puede llegar a hacer bien.

Calmar, escuchar y acompañar

—¿Cuál es el consejo que das a las personas usuarias?

—Depende, porque tengo usuarios muy variados de edad. Hay gente muy mayor que no está muy consciente de lo que sucede, y eso aparte de ternura, hasta risa, porque me hacen preguntas graciosas o me salen con cosas cuando están lúcidos. Me hablan con ironía, me hacen bromas, y eso me causa una ternura y una gracia impresionante.

Con las personas usuarias más jóvenes, aquellas que conservan mayor conciencia sobre sus enfermedades o sus citas médicas, Karibay identifica una necesidad muy clara: ayudarles a bajar la angustia.

—A esos sí se les puede aconsejar cosas, como tener cuidado con lo que comen. Pero lo que más me veo haciendo es calmarlos, porque a veces están muy nerviosos por las enfermedades que tienen, por si van a consulta, por si se tienen que operar. Entonces les digo: mira, relájate, todo va a salir bien, todo en manos de Dios, si son religiosos; si no, pues no, quédate tranquilo, no cojas nervios, como dicen aquí los canarios.

Los consejos que también llegan de las personas mayores

—Las personas mayores acumulan mucha experiencia y también suelen dar consejos. ¿Cuáles son los consejos que más te dan a ti?

—Muchos, muchos. Al final, ahora mismo tengo un grupito de usuarios con los que llevo mucho tiempo. Sienten cierta cercanía, casi como si fueras familia, y empiezan a aconsejarte: sobre tus hijos, sobre tu marido, sobre cómo estar más tranquila. Consejos de la vida diaria.

La relación entre auxiliar y persona usuaria, explica, se construye con tiempo, repetición, confianza y presencia. El cuidado profesional no elimina la distancia necesaria del trabajo, pero permite una cercanía cotidiana que muchas veces acaba siendo profundamente significativa.

La relación con las familias

—¿Qué tal la experiencia con los familiares de los usuarios?

—He tenido de todo. En cuatro años se ven muchas cosas y pasas por muchas casas de diferente tipo. Desde el familiar que está muy implicado, exageradamente implicado, exageradamente organizado, maravilloso. Muchas veces ves cómo hacen las cosas y después lo utilizas con otros usuarios, porque esta experiencia funciona así.

También reconoce que hay situaciones difíciles, aunque las sitúa como excepciones.

—Hay gente que es insoportable, que he tenido que decir: auxilio, no aguanto más, me están volviendo loca. Pero han sido pocos casos. También se nota que tienen sus cosas, sus propios problemas.

Respetar la casa, las costumbres y las manías

—¿También te ayuda tu condición de pedagoga?

—Sí, yo creo que sí. Primero, hay que tener paciencia. Eso te lo va a decir el manual y todo, pero también hay que ayudar.

—¿Ayudar desde qué punto de vista?

—Las personas mayores tienen muchas manías para la limpieza, para la comida, para todo. Sobre todo para la limpieza. Entonces, si te dicen haz esto así, de esta manera, pues tú lo haces de esa manera, no lo contrario. Eso les hace sentir bien. Limpias lo mejor que puedas. Estamos ahí para ayudar, no para ponerle trabas a la gente.

En esa frase resume buena parte de su forma de entender el oficio. Cuidar no es imponer una manera de hacer las cosas, sino entrar en la vida de otra persona con respeto. Para Karibay Salcedo, auxiliar de Grupo M en Canarias, la atención a personas mayores exige técnica, paciencia y humanidad, pero también una disposición sencilla y profunda: comprender que cada casa guarda una historia, cada usuario una biografía y cada gesto cotidiano una forma de dignidad.

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