La exposición ‘Para que podamos vivir. La Laguna, 1968–1983’ reconstruye en TEA Tenerife Espacio de las Artes, hasta el 13 de septiembre, el papel de la ciudad como foco de agitación cultural, política y artística durante los últimos años del franquismo y la Transición en Canarias.
TEA Tenerife Espacio de las Artes acoge en la Sala A la exposición ‘Para que podamos vivir. La Laguna, 1968–1983’, una muestra comisariada por el equipo del museo junto a Juan Albarrán, Daniasa Curbelo y Servando Rocha, que propone una lectura crítica de una ciudad habitualmente explicada desde su valor patrimonial, turístico y arquitectónico.
La exposición desplaza esa mirada monumental hacia otro relato menos institucionalizado: el de una ciudad atravesada por la movilización estudiantil, la protesta obrera, las luchas vecinales, la experimentación artística y la emergencia de nuevas formas de vida urbana. La Laguna aparece aquí como un espacio de conflicto, memoria y creación, marcado por el final de la dictadura franquista y por las tensiones de la Transición.
La Laguna más allá de la ciudad patrimonial
La Laguna ha sido interpretada con frecuencia como una ciudad colonial histórica, asociada a su trazado urbano, a su arquitectura y a su condición patrimonial. Esa lectura ha contribuido a fijar una imagen reconocible y turística, centrada en el valor monumental del casco histórico y en la continuidad de una memoria urbana ordenada.
‘Para que podamos vivir’ introduce una perspectiva distinta. La muestra atiende a la vida política, cultural y social que transformó la ciudad entre 1968 y 1983, un periodo en el que La Laguna funcionó como escenario de movilización colectiva y laboratorio de nuevas sensibilidades críticas. La exposición plantea así una revisión de la memoria lagunera desde sus zonas de fricción.
Una ciudad entre el encierro y la expansión
El periodo abordado por la exposición estuvo atravesado por dinámicas aparentemente opuestas. La Laguna fue un lugar de repliegue, marcado por el exilio, los encierros, las ocupaciones universitarias y las estrategias de protesta frente al poder. También fue un espacio de expansión, desde el que circularon iniciativas musicales, artísticas y políticas que desbordaron los cauces tradicionales.
La Universidad de La Laguna ocupó un papel central en esa tensión. Durante aquellos años actuó como centro de organización política, escenario de confrontación con el aparato represivo y lugar de formación de nuevas culturas críticas. Su actividad contribuyó a articular una parte esencial del clima intelectual y social que recorría la ciudad.
Cultura, protesta y nuevas subjetividades
La exposición interpreta La Laguna como una mitología colectiva construida en torno al conflicto generacional y al cuestionamiento de las estructuras heredadas. La ciudad de finales del franquismo y de la Transición aparece como un territorio donde lo viejo comenzaba a perder autoridad mientras emergían lenguajes, prácticas y modos de vida asociados a una nueva cultura urbana.
En ese contexto adquirieron visibilidad expresiones musicales y artísticas que confrontaban con la imagen detenida de la ciudad histórica. El grupo Escorbuto Crónico, surgido a finales de los años setenta en el entorno del punk canario, condensó ese malestar generacional en una consigna de fuerte carga simbólica: “La Laguna debe morir para que nosotros podamos vivir”.
La frase, lejos de funcionar como una negación literal de la ciudad, expresaba la voluntad de romper con una representación petrificada del pasado. La exposición recupera ese gesto como clave de lectura de una etapa en la que la creatividad cultural operó también como forma de impugnación política y social.
Sala Conca y la renovación artística en Canarias
La muestra presta atención al papel de espacios que introdujeron dinámicas innovadoras en el tejido cultural de La Laguna. Junto a instituciones de larga trayectoria, como el Ateneo de La Laguna o el Orfeón La Paz, emergieron iniciativas que ampliaron los márgenes de la actividad artística y conectaron la ciudad con otros circuitos.
Entre ellas destacó la Sala Conca, inaugurada en 1971. Su actividad se extendió pronto a otras islas y la convirtió en uno de los núcleos más activos de renovación artística del archipiélago. En torno a este espacio se configuró una escena heterogénea, experimental y abierta a lenguajes que desbordaban las categorías culturales dominantes.
La exposición sitúa la Sala Conca dentro de un clima de efervescencia artística asociado a lo que, de forma discutida, se ha denominado la “generación de los setenta”. El concepto mantiene un debate historiográfico abierto, aunque permite identificar un conjunto de artistas y prácticas vinculadas por un mismo tiempo de búsqueda, ruptura estética y apertura cultural.
De la Transición al sistema autonómico
El recorrido temporal de ‘Para que podamos vivir. La Laguna, 1968–1983’ concluye en 1983, un año significativo por la consolidación del sistema autonómico en Canarias y por la redefinición de las políticas culturales del archipiélago. La fecha permite cerrar un ciclo histórico en el que se modificaron los marcos institucionales, políticos y culturales.
Ese mismo año marcó también el final de una etapa en la Sala Conca, con la marcha de los artistas vinculados al proyecto originario. La exposición utiliza ese cierre como punto de inflexión para leer un periodo especialmente intenso de la vida cultural lagunera, donde la creación artística se entrelazó con la protesta, la memoria urbana y la transformación social.
Una exposición para releer la memoria urbana
‘Para que podamos vivir’ propone una lectura compleja de La Laguna como ciudad histórica y como escenario de disidencia. El proyecto expositivo recupera materiales, relatos y referencias que permiten observar el periodo comprendido entre 1968 y 1983 desde una perspectiva cultural, política y generacional.
La muestra puede visitarse en TEA Tenerife Espacio de las Artes hasta el 13 de septiembre. La información del museo está disponible a través del teléfono 922 849 090 y del correo tea@tenerife.es.
Deja un comentario