Por José Manuel Guzmán e Isbel Medina

Uno pertenece de muchas maneras al lugar donde aprendió a mirar el mundo. Puede vivir en otra tierra, trabajar bajo otro cielo, formar una familia lejos de las calles de la infancia y, aún así, conservar intacto el vínculo con aquello que fue origen. Venezuela ocupa en nuestra vida ese espacio profundo. Está en la memoria, en la educación sentimental, en la forma de hablar, en la manera de entender la familia, la amistad, el esfuerzo y la alegría. Por eso, cuando la tierra ha temblado allí, algo se ha movido también en quienes hemos levantado nuestra vida en Canarias sin desprendernos de la raíz venezolana que nos constituye.

Los terremotos que han golpeado nuestro país han traído consigo una secuencia dolorosa de pérdidas, heridas, búsquedas, hogares dañados y comunidades obligadas a reconocerse de nuevo entre la incertidumbre. Ante una catástrofe así, las cifras resultan imprescindibles para medir la dimensión de lo ocurrido, aunque siempre quedan por debajo de la verdad humana que contienen. 

Firmamos estas líneas como venezolanos y como responsables de Grupo M Servicios Sociales Integrados. José Manuel Guzmán, CEO de la compañía, e Isbel Medina, directora general, compartimos una trayectoria que une Venezuela y Canarias desde la gratitud, el trabajo y el compromiso con las personas. La empresa que hemos construido en estas islas nació vinculada al cuidado, y esa palabra, cuando se pronuncia con honestidad, contiene una exigencia moral. Cuidar implica mirar al otro como alguien irrepetible, reconocer su dignidad, acompañar su fragilidad y asumir que ninguna vida merece quedar sola cuando atraviesa una hora difícil.

Esa convicción pertenece a nuestra labor cotidiana con personas mayores, personas en situación de dependencia y familias que confían en nuestros equipos para sostener una parte esencial de su día a día. Hemos aprendido en ese ámbito que la vulnerabilidad no es una excepción, sino una condición compartida. A veces llega con la edad, con la enfermedad o con la soledad. Otras veces irrumpe de golpe, como ocurre tras un terremoto, cuando una comunidad descubre que aquello que parecía firme también podía quebrarse. En todos los casos, la respuesta verdaderamente humana empieza por la presencia, por la responsabilidad y por una forma de ayuda que respeta antes de intervenir.

Quienes vivimos lejos conocemos además una dimensión particular del dolor. La distancia convierte cada noticia en espera, cada llamada en sobresalto, cada mensaje en una forma de compañía. Durante estas horas, muchas familias venezolanas en Canarias han seguido trabajando, atendiendo obligaciones y cumpliendo con la vida diaria mientras una parte de su pensamiento permanecía en Caracas, en La Guaira, en los pueblos, en los barrios, en los nombres queridos. Esa simultaneidad define la experiencia de tantos migrantes: el cuerpo permanece aquí, pero la memoria y el afecto cruzan el Atlántico tantas veces como haga falta.

Canarias comprende ese tránsito porque su historia con Venezuela ha sido larga, íntima y fecunda. Durante generaciones, muchas familias canarias encontraron allí trabajo, acogida y porvenir. Con el paso del tiempo, muchas familias venezolanas han hallado en estas islas un lugar donde rehacer su vida con dignidad. Esa relación de ida y vuelta ha creado una comunidad afectiva que precede a cualquier discurso institucional. Está en los apellidos, en las sobremesas, en los acentos mezclados, en las fotografías familiares, en las historias de abuelos que partieron y de hijos que regresaron por otra ruta. Venezuela y Canarias se han mirado durante décadas como dos orillas de una misma memoria.

Desde esa historia compartida queremos expresar nuestra cercanía a las víctimas, a sus familias, a las personas heridas, a quienes buscan noticias de sus seres queridos y a quienes trabajan sobre el terreno para atender, rescatar, curar, organizar y acompañar. También queremos dirigir una palabra de respeto a la comunidad venezolana residente en Canarias, que vive estos días con una emoción contenida, llena de preocupación, nostalgia y pertenencia. Sabemos lo que significa mirar hacia el país de origen en un momento así. Sabemos que hay silencios que pesan más que cualquier explicación.

Una emergencia de esta naturaleza reclama eficacia, coordinación, prudencia y cauces seguros de solidaridad. Primero llegan las tareas urgentes, aquellas que salvan vidas y protegen a quienes han quedado en mayor desamparo. Después aparece una etapa más larga, menos visible, en la que toca reparar viviendas, recomponer vínculos, atender duelos, recuperar servicios, acompañar a quienes han perdido su entorno y devolver cierta estabilidad a la vida cotidiana. Esa segunda parte suele tener menos titulares, pero decide en gran medida la verdadera reconstrucción de una comunidad.

En Grupo M sabemos que el cuidado se prueba precisamente cuando la vida deja de ser previsible. Se prueba en la constancia, en el detalle, en la escucha y en la capacidad de sostener a quien atraviesa un límite. Por eso, esta editorial nace desde nuestra raíz venezolana, pero también desde la experiencia profesional de una empresa canaria dedicada a acompañar a personas en momentos de especial fragilidad. Ambas dimensiones se unen hoy de manera natural. La tierra de la que venimos atraviesa una hora dolorosa, y la tierra que nos ha acogido sabe bien que Venezuela forma parte de su propia historia.

Nuestro mensaje quiere ser sereno, respetuoso y claro. Estamos con Venezuela. Estamos con sus familias. Estamos con quienes han perdido, con quienes esperan, con quienes curan, con quienes buscan, con quienes abren una puerta a un vecino y con quienes, desde dentro o desde fuera del país, contribuyen a que la vida vuelva a encontrar suelo. Lo decimos desde Canarias, donde tantas personas conocen el valor de esa palabra compartida: Venezuela.

Hay momentos en los que un país parece reunirse alrededor de sus heridas. En esos días se revela la calidad moral de una comunidad, su capacidad para organizar el dolor, convertir la preocupación en ayuda y hacer de la memoria una forma de presencia. Quienes hemos nacido en Venezuela y hemos construido en Canarias nuestro presente sabemos que la pertenencia no se borra con la distancia. Cambia de forma, se vuelve más íntima, más silenciosa, quizá más consciente.

A nuestro país le enviamos afecto, respeto y compromiso. A Canarias, nuestro reconocimiento por esa historia de acogida que ha unido a tantas familias de ambas orillas. Y a quienes hoy atraviesan las consecuencias de los terremotos, nuestra cercanía más honda. Cuando la tierra se mueve, la humanidad consiste en permanecer junto a quienes han sentido quebrarse su mundo.

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