Maigualida Pérez lleva cuatro años trabajando como auxiliar de ayuda a domicilio en Grupo M Servicios Sociales. Atiende a personas mayores, con discapacidad, encamadas o que viven solas, una labor que afronta desde la empatía, el compromiso y una vocación de cuidado que transmite en cada una de sus palabras.
Su entusiasmo por el trabajo diario y su implicación con las personas usuarias han hecho que tanto el equipo de Recursos Humanos como la gerencia valoren especialmente su trayectoria. Para Maigualida, la atención domiciliaria supera el ámbito profesional y se convierte en una forma de acompañar, escuchar y mejorar la vida de quienes necesitan apoyo.

—¿A qué te dedicabas antes de comenzar a trabajar como auxiliar de ayuda a domicilio?
—Desde que llegué a España he tenido varios trabajos. Vendí boletos de la Lotería del Oro de Cruz Roja, trabajé como freganchina, en un bar y también en una panadería. Después llegué a Grupo M.
—¿Cómo has vivido ese cambio profesional?
—Ha sido una experiencia muy bonita. Nunca imaginé que acabaría trabajando en este sector porque en mi país este tipo de atención no se conoce de la misma manera. Siempre le pedía a Dios que me mandara el mejor trabajo del mundo y siento que me lo ha dado.
Trabajar con personas mayores, con personas con discapacidad o con quienes viven situaciones de soledad me ha llenado muchísimo. Hay personas que realmente nos necesitan y, para mí, esto va más allá de una profesión. Es una vocación, porque tienes que disfrutar ayudando a los demás.
Atiendo a personas con discapacidad motora, personas encamadas y otras que viven solas. Algunas te convierten en su confidente y te cuentan todo. Al final terminas queriéndolas como si fueran parte de tu familia.
—También es un trabajo exigente.
—Sí, es duro, pero la satisfacción que te queda es mucho más fuerte. Saber que has ayudado a alguien compensa el esfuerzo.
—¿Cómo te afecta emocionalmente la situación de las personas a las que atiendes?
—Hay casos que me afectan más que otros porque acabas vinculándote mucho con las personas. Ves su soledad, sus discapacidades y las dificultades que atraviesan. Muchas necesitan cariño, acompañamiento o simplemente que alguien las escuche y las consuele.
—¿Cuál ha sido el momento más difícil?
—Lo más duro es cuando fallece una persona usuaria. A mí me ha ocurrido con dos personas y me afectó muchísimo, especialmente porque prácticamente murieron solas. Es un trabajo duro, pero también muy bonito.
Llevo cuatro años y puedo decir que este trabajo ha sido lo mejor que me ha pasado. Para desempeñarlo necesitas mucha empatía. Tienes que ponerte en la piel de cada persona porque todas son diferentes.
Actualmente atiendo a nueve personas usuarias y cada una tiene una patología, una situación y unas necesidades distintas. Saber que puedes ayudar a cada una de ellas produce una satisfacción enorme.
—¿Qué importancia tiene el trabajo en equipo?
—Es fundamental. Este no es un trabajo individual. En Grupo M trabajamos realmente como un equipo. Cuando una auxiliar no puede acudir, otra compañera la sustituye. Las personas usuarias nunca se quedan sin atención.
Tenemos que cubrir todas sus necesidades, sean personas asignadas habitualmente a nosotras o a otra compañera. Lo importante es que reciban siempre el apoyo que necesitan.
—Se nota que es un trabajo que te llena.
—Muchísimo. Es algo que sale de dentro. A medida que conoces a las personas, comprendes sus necesidades y puedes ofrecerles el apoyo que requieren. Ver que están satisfechas con lo que haces no tiene precio.
—¿Cómo es la relación con las familias de las personas usuarias?
—Conozco a pocas familias, pero con las que tengo relación la experiencia ha sido muy buena. Algunas están muy pendientes de sus padres, pasan los fines de semana con ellos y valoran mucho nuestro trabajo. Son personas agradecidas, solidarias y nos consideran parte de la familia.
También nos preguntan cómo vemos a su madre o a su padre, cómo se encuentran o qué opinamos sobre su evolución. Depositan mucha confianza en nosotras porque somos quienes estamos presentes en su día a día.
También he atendido a personas cuyos hijos o familiares nunca he conocido y que han fallecido solas. Vivir algo así resulta muy difícil.
A pesar de esos momentos, me siento muy orgullosa de mi trabajo. Creo que Grupo M ha hecho una gran labor y estoy muy agradecida por formar parte de este equipo.
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