EL SERVICIO DE AYUDA A DOMICILIO SOSTIENE LA VIDA LOS 365 DÍAS DEL AÑO, TAMBIÉN CUANDO EL RESTO DESCANSA

JM, GUZMÁN, CEO GRUPO M

En septiembre el país entero parece empezar de nuevo. Los escaparates se llenan de mochilas y estuches, se estrena cuaderno y propósito, y esa liturgia laica que llamamos «vuelta al cole» promete a todos una hoja en blanco. A todos, no ya que mientras la ciudad y los pueblos regresan a sus horarios, en algún portal una llave gira en la cerradura y alguien sube la escalera para asear un cuerpo que no sabe qué día es, ni le importa. Para los cuidados no hay septiembre, ni hoja en blanco, ni comienzo, sencillamente, otra mañana tan necesaria como la de ayer.

La necesidad no libra. El cuerpo que hay que girar en la cama para que la piel no se llague se llaga igual en Nochebuena; el pastillero no entiende de vacaciones; el hambre, la sed y el miedo trabajan los trescientos sesenta y cinco días del año, y trescientos sesenta y seis cuando el año es bisiesto y regala una jornada más de faena. A esa cita acude, puntual, la auxiliar del Servicio de Ayuda a Domicilio.

Conviene decir qué hacen, porque el nombre del servicio lo esconde en su sequedad administrativa. Asean, dan de comer despacio, cambian el pañal sin aspavientos, peinan, curan una escara, sostienen el paso tembloroso hasta el baño, escuchan la misma historia por decimosexta vez y la celebran como si fuese nueva. Cruzan cada día el umbral más íntimo de una casa ajena con una mezcla de destreza y ternura que ninguna máquina imita. Son, casi siempre, ellas: un oficio de mujeres, como lo ha sido siempre, heredero de siglos en que cuidar se daba por supuesto y por gratis.

Porque cuidar es el cimiento sobre el que se levanta lo demás porque ninguna empresa abriría, ningún despacho funcionaría, si detrás no hubiera alguien lavando, alimentando y velando a quien no puede valerse por sí mismo para las actividades de la vida diaria. Por ello desde Grupo M creemos que reconocer los cuidados es admitir por fin de qué está hecha, de veras, la vida en común, no un acto de caridad.

En Canarias esa verdad tiene geografía y nombres propios, comenzando por los barrios que trepan por la ladera, los pueblos del interior donde la guagua pasa dos veces al día, la casa en que una auxiliar es, algunas jornadas, la única voz humana que cruza el umbral. Su visita junto al reparto de aseo, fisioterapia, limpieza, comida, psicología o prevención de la dependencia, entre otros; reparte compañía, esa medicina que no aparece en ninguna receta y que cura una lacra en el siglo XXI, la de la SOLEDAD NO DESEADA. 

Así que, cuando dentro de unos días los niños estrenen curso y el país finja que la vida vuelve a empezar, convendría acordarse de quienes nunca dejaron su puesto. TODAS LAS PROFESIONALES QUE LO DAN TODO DÍA A DÍA. Los cuidados no tienen vuelta al cole porque la vida tampoco la tiene. Ellas acuden cada uno de los trescientos sesenta y cinco días; lo mínimo, por nuestra parte, es no faltar a la cita que nos toca, verlas, nombrarlas y RECONOCER SU TRABAJO como a quien sostiene lo esencial y lo hace con DIGNIDAD y ofreciendo DIGNIDAD a las personas más vulnerables de nuestra sociedad. GRACIAS. 

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